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Una cosa que me encanta de Jesús en su relación con los hombres es que siempre dejaba las cosas bien claras y no importaba el lugar la hora o con quien estuviera, no se desenfocaba de su misión. El estaba seguro de lo que tenía que hacer: mostrar el amor de Dios y dar la oportunidad de arrepentirse. Si fuera por los fariseos actuales muchos de nosotros no estaríamos formando parte de la familia de Dios porque teníamos una forma de vivir muy alejada de agradar a Dios y nadie se nos debería haber acercado para hablarnos de Dios. Por ejemplo ¿Qué hubiera sido de los cobradores de impuestos y gente de mala fama, si Jesús no los toma en cuenta? La religión de su época los condenaba, el amor de Dios los perdonaba y los transformaba. Pon atención a esto: Tu puedes escoger refugiarte en el templo y vivir como si nada ni nadie estuviera a tu alrededor, evitando estar con gente de mala fama o puedes ser compasivo y convivir con la gente de tu alrededor para que puedan ver tu luz, la luz de Jesús, y contarles la manera como tu vida ha cambiado por seguir a Jesús y las enseñanzas de la Biblia.

Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?  Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.
S. Mateo 9:9‭-‬13
Categorías: Pensamientos